Jesús Carlos Soto.

Cuando hablamos de hacer ciudad pienso que principalmente tenemos que apuntar a dotar de condiciones materiales dignas a los más pobres.  Por el simple hecho de que no podemos hablar de una sociedad si cientos de sus miembros son o están siendo sistemáticamente amputados, marginados, separados del resto. Y porque en esencia, bajo la lógica económica actual, todos somos en esencia sujetos del empobrecimiento, ya que todo apunta a que sea cada vez más caro vivir y obligatorio trabajar más tiempo, como nunca antes en la historia de la humanidad.

Si hablamos del desincentivo al uso del automóvil, por ejemplo, no debemos perder de vista que se trata de desmontar un paradigma de la movilidad principalmente perverso para quienes menos tienen. Los más vulnerables de la calle son los que no encuentran los medios para moverse en la ciudad para desarrollar sus actividades productivas. Una ciudad con un transporte público totalmente colapsado, no permite una conectividad sencilla y barata de un punto a otro, ya ni se diga un trato humano al necesitado del servicio. Por eso millones no encuentran más recurso que sus piernas: caminar o pedalear. El cambio de paradigma no debe llevarnos a otro igualmente costoso para la mayoría, tenemos que colocar en el centro del debate la accesibilidad económica de los más vulnerables.

La propuesta de dignificar la calle para peatones y ciclistas no nació como una moda europea ni debe ser parte de un discurso de élites. Fue en primer lugar un discurso obrero que tiene sus raíces en las clases medias bajas y pobres del norte de Europa y del occidente de los Estados Unidos.  Fue empujado sobre todo por colectivos obreros que querían condiciones de seguridad para pedalear a sus trabajos para ganarse el pan. Hoy dicha propuesta no significa otra cosa que colocar en el centro del debate urbanista a la persona humana con todas sus dimensiones. De nada sirven ciudades que no nos hagan vivir mejor, esto es, más libres, sociales y saludables.

Hoy corremos el riesgo de construir mejores transportes públicos pero que impliquen grandes endeudamientos que después se traduzcan en menores inversiones en programas o insumos indispensables para paliar la miseria. Por ejemplo, por ningún motivo debemos admitir una reducción a la inversión en salud, educación, protección del campo o  ciencia y tecnología, para en su lugar invertir en costosísimas infraestructuras urbanas que apantallen pero no resuelvan de fondo. Del mismo modo, la renovación de banquetas o la construcción de ciclovías no debe convertirse en instrumento de la corrupción donde se inflan los costos de los materiales y las carteras de los constructores y gestores políticos, como ya sucede con las infraestructuras para los automóviles.

Es más, deberíamos apostar de manera inteligente por encontrar la estrategia de movilidad sustentable menos costosa y más eficiente posible. Es preferible en muchos casos invertir en educación vial o en mejores términos, en educación urbana, para provocar un cambio masivo de hábitos que reduzca los costos de vivir en una ciudad. Si vía la conciencia se logra convencer a la ciudadanía de no hacer viajes en auto menores a 1 km estaremos casi del otro lado, pues estos representan cerca de un 40% del total. Habría una reducción del gasto en hospitales por enfermedades asociadas a la obesidad y a la inhalación de aire envenenado. Habría un congestionamiento drásticamente menor de las calles y por lo tanto un incremento en la disponibilidad de tiempo productivo. Porque a todas luces es evidente que el tiempo invertido en moverse es tiempo improductivo.

Una movilidad ecológica no lo es únicamente en términos ambientales, sino también carnales. Ecológico es proteger la vida para que ésta se desenvuelva en condiciones de posibilidad que permitan que de al mundo lo mejor de sí. Lejos de esto están nuestras calles que se han convertido en el rastro (matadero) humano de nuestra civilización. Cada vida asesinada por los vehículos motorizados significa un costo social tremendo, que por un lado es un impacto afectivo abrumador para todo el haz de relaciones en torno a esta vida, algo que repercute para siempre, y por el otro es, muchas de las veces, la pérdida de un pilar económico del hogar, lo que arroja a cientos de miles a la precariedad. Un círculo vicioso difícil de componer.

Desincentivar el uso del auto en beneficio del acceso equitativo a la ciudad significa también desenraizar de raíz una cultura elitista en las calles que a través de la publicidad, los discursos y las infraestructuras exclusivas incita a la adquisición de un automóvil y así, al sometimiento de la fuerza de trabajo al irracional deseo de adquirir y sostener un carro por mero status. Es un dispositivo cultural que debemos desactivar de manera crítica y lúdica con mensajes propositivos a favor de otros criterios que valoricen lo realmente necesario para vivir bien.

Finalmente, la famosa recuperación de los centros urbanos para paliar el fenómeno de la dispersión urbana y hacer así ciudades más eficientes, representa también una herramienta peligrosa en manos de tecnócratas que no se detienen a considerar la economía de la gente que habita de base la ciudad. Es inhumano expulsar de su ámbito de vida a los habitantes de un lugar al generar un incremento de los costos de la vivienda y del comercio con el fin de atraer a ciudadanos más pudientes para que generen derrama económica.( Plaza Forum ) Recuperar se convierte en sinónimo de segregar, expulsar, echar, patear. Debemos ser radicalmente necios en decir no a este tipo de estrategias del nuevo urbanismo de escaparate, discurso de la eficiencia y la competitividad a toda costa.